Releo estos últimos tiempos pasados en los trabajos temporeros, en familia, en mi comunidad, como un todo que los unifica.
Murcia, 10 de Julio de 2.017
¿Qué quiero recibir? ¿Qué busco? Y la respuesta de Jesús brilla como un faro en la noche: El que he dejado RECIBIRÁ. Es una promesa de futuro, no es una respuesta de inmediato, al presente. No. RECIBIRÁ. Y la promesa ilumina el camino.
Releo, a esta luz, estos últimos tiempos pasados en los trabajos temporeros, en familia, en mi comunidad, como un todo que los unifica.
Me preguntaba por qué hacer de los trabajos temporeros el objeto de mi compartir. ¿Por qué? cuando el trabajo, retribuido o no, es la cosa más cotidiana en la que nos sumergimos cada día… ¡Es verdad!!.... ¿Es verdad?. No. Hoy muchas personas no tienen acceso al mundo del trabajo asalariado. Éste se ha convertido en algo raro ¡y cuando se encuentra la alegría es inmensa!!!
Este ha sido mi caso en los dos trabajos recientes, en que he compartido mi vida con otros y hemos trabajado en equipo.
Comparo el primero a una piedra que se echa en el agua y el pequeño círculo se extiende y crea otros círculos y los círculos crecen.
La “piedra” era un grupo de 12 personas que trabajaban durante un mes con otras contratadas por seis meses y con las fijas. Una red de relaciones gratificantes. Me sentía como un pez en el agua. El sentimiento de pertenencia a este colectivo ha alimentado mi vida y le ha dado sabor.
Nuestro trabajo consistía en limpiar los caminos de zarzas, de malas hierbas, recogerlas y quemarlas. Quitar la suciedad de los arroyos. Barrer y arreglar los jardines en el pueblo. Hacer la limpieza en el ayuntamiento y en el Centro de Salud.
El primer día, a la hora de la pausa, escuchar los pájaros y el agua del río, mirar el cielo tan azul y comer el bocadillo era un regalo inimaginable.
Sentir y con-padecer delante de la vida de X, un hombre de 50 años, soltero, sin dientes, ludópata. Con la vida de Y, mujer joven con una enfermedad rara que trabajaba un día y al siguiente no, porque no puede , pero que no quiere la invalidez. “Aun no, Juana, soy joven”. M, joven también, había estado trabando para librarse de la cárcel pero al final entró en ella. J, que habla sin parar contándonos historias que nadie se cree. P, que se cansa de no trabajar, alcohólico. C, separado, chófer del camión de la basura, un domingo le encuentro y le pregunto: “¿No trabajas hoy?” “No, Juana, me contestó, hoy es el día del Señor”. ¡No practica pero guarda la memoria del Señor!!
En este trabajo yo era la mayor de todos y mis compañeros son los hijos de los amigos, de los vecinos, de los clientes… (Antes de entrar en la Fraternidad trabajaba con mis padres en el comercio familiar). La relación con ellos ha sido extraordinaria!
Releer lo vivido, mirarlo de nuevo, traerlo a la luz es un deber, es justo y necesario para que la vida no sea un conjunto de acontecimientos que se suceden unos después de otros sin ninguna conexión… y la promesa se hace carne, el céntuplo me es dado.
El segundo trabajo era la cosecha de fresas, frambuesas, etc. en Almonte. La empresa contrata a 3000 personas, de las cuales 500, la mayoría mujeres, trabajábamos en el almacén para escoger y preparar la fruta. 18 grupos de unas treinta mujeres trabajan todos los días en tres turnos, por la mañana, por la tarde o todo el día. No teníamos días de fiesta, pero los horarios eran equilibrados. El trabajo estaba bien repartido ya que éramos muy numerosas. Y el ambiente ha cambiado en bien. La relación entre el encargado y las obreras era más humano, los gritos son menos y raros… el miedo desapareció…; los años anteriores era horroroso, muchas mujeres dejaban el trabajo por depresión. En el Centro de Salud se dieron cuenta y la empresa tuvo una inspección de Sanidad. A partir de ahí empezó el cambio…
Las mujeres éramos rumanas, brasileñas, nigerianas, argelinas, marroquíes, senegalesas, peruanas, búlgaras, españolas. Los viajes en el autobús de la empresa, las comidas juntas, las pausas, el momento de la “llamada” al trabajo eran momentos extraordinarios para hablar con una u otra. Saludar a las que ya conocía de otros años, conocer a algunas de las nuevas…escuchar lo que llevan dentro, sus alegrías, sus penas.
Cogí el tren en marcha, porque la temporada ya había empezado, pero a través de las compañeras aproveché este buen viaje visitando muchas casas, países, rostros, enfermedades.
En el pueblo hay una encrucijada que llaman “Cuatro Caminos”, es un cruce de naciones, con un movimiento extraordinario de trabajadores extranjeros que venían, después del trabajo, para hacer las compras, ver al médico, tomarse un café…En todos los alrededores hay muchas empresas que contratan bastantes extranjeros. Me gustaba pasearme por allí, me encontré con un grupo de mujeres marroquíes que trabajaban todas juntas en la misma empresa, entre ellas, no hay ni españolas ni de otras nacionalidades. Nuestro lenguaje era el de los gestos. Su poco francés y castellano, mi nada de árabe… y la comunicación se estableció. ¡Un regalo!!!
¡La familia que me acogía en su casa es magnífica! Su casa está abierta, y muchas personas, búlgaras, rumanas van a llamar a la puerta para pedir algo de comer o un poco de dinero, y nadie se va con las manos vacías.
Sus vecinos son ahora también los míos. Juanita, de 80 años, enferma y hospitalizada, al irse con la ambulancia me pide que rece por ella. Hace dos años vi también a su marido irse al hospital, pero él no volvió. Un grupito de la parroquia me pide que les hable de nuestro carisma. Les resulta raro. El lunes de Pentecostés pude unirme al pueblo que va en peregrinación a la Virgen del Rocío. Me encontré con la Hermandad de nuestra parroquia de Murcia que ha acudido también como todos los años. Estar entre ellos y sentir la fe de todo este pueblo…
Ha sido un tiempo fecundo, un tiempo en que la promesa se ha hecho carne de nuevo: el que deja… tendrá el céntuplo…
También me bajé del tren del trabajo antes de que terminara…Cogí otro que me condujo a mi comunidad de Murcia. Queríamos releer nuestra vida para compartirla con las otras fraternidades de la Región en nuestro encuentro de finales de junio en Madrid, que fue extraordinario: aunque sea frágil, el cuerpo está unido. Doy gracias a Dios por esto.
En ese encuentro recibí una palabra que expresaba el sentido de lo vivido en este tiempo:
“La persona tiene la seguridad de que no se pierde ninguno de sus trabajos realizados con amor, no se pierde ninguna de sus preocupaciones sinceras por los demás, no se pierde ningún acto de amor a Dios, no se pierde ningún cansancio generoso, no se pierde ninguna dolorosa paciencia … A veces nos parece que nuestra tarea no ha logrado ningún resultado, pero la misión no es un negocio ni un proyecto empresarial, no es tampoco una organización humanitaria, no es un espectáculo para contar cuánta gente asistió gracias a nuestra propaganda; es algo mucho más profundo que escapa a toda medida… Aprendamos a descansar en la ternura de los brazos del Padre, en medio de la entrega creativa y generosa” (Del Papa Francisco, en “La alegría del Evangelio” nº 279)
Con todo mi cariño un abrazo
Juana
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