Después
de más de un año de discernimiento y de preparación, reflexión y
oración, llegó el momento de ponernos en camino hacia Ceuta. El 9
de abril desembarcamos en esta tierra para empezar una nueva
fraternidad y vivir en este lugar de frontera, que es una puerta de
África para Europa. Una ciudad de 80.000 habitantes, intercultural e
interreligiosa: la mitad son musulmanes, y existe una comunidad
cristiana, otra judía y otra de hindúes sindhis. Hay 40 mezquitas,
siete iglesias, una sinagoga y un templo hindú. Por su geografía,
esta ciudad se encuentra en el norte de Marruecos y dista 14 km por
mar de España, de Algeciras. Este paso es el llamado “Estrecho de
Gibraltar”. Está rodeada por el Mar Mediterráneo y el Océano
Atlántico. Es una ciudad muy bonita pero con mucha complejidad y mil
contrastes en muy poco espacio: ¡30 km cuadrados! Estamos
descubriendo distintas realidades que nos hablan mucho y nos
conmueven: 8 kilómetros de valla que muchas personas intentan
saltar… el mar que nos rodea por todas partes donde los migrantes
arriesgan la vida para poder llegar… todo el intercambio comercial
de la frontera… las “mujeres mulas”… la clandestinidad: no
sólo africanos sino también marroquíes y argelinos que pasan a ser
personas “sin papeles”… las condiciones de trabajo son duras y
con salarios muy bajos, sobre todo para las mujeres que vienen todos
los días de Marruecos… los niños que llegan solos y son acogidos
en centros de menores… y el CETI “Centro de Estancia Temporal
para Migrantes” para la primera acogida, gestionado por el
gobierno, con capacidad para 500 personas, pero donde a menudo hay el
doble… etc.
Desde
que llegamos estamos acampadas en una habitación mientras esperamos
que terminen las obras del piso donde vamos a vivir. Estamos en un
barrio muy popular: Hadu. Los encuentros son fáciles, ya conocemos a
nuestros vecinos, a gente del barrio, los que van a la parroquia, los
migrantes… todos nos acogen muy bien y la vida nos lleva
continuamente a dar gracias por el don de la Fraternidad.
Hemos
hecho una “peregrinación” con mucho respeto y silencio,
iluminada y acompañada por la oración y la Palabra de Dios: “Yo
soy el Camino, la Verdad y la Vida”
nos
dice Jesús, y estos días nos repite sin cesar;
“Permaneced
en mí, amaos unos a otros…”.
Ha sido una peregrinación no sólo interior, sino hacia lugares
donde la vida y la muerte se encuentran:
- Benzu, donde rezamos y descubrimos la brutalidad de las vallas infranqueables.
- El Tarajal, único sitio por donde se puede pasar la frontera, donde nuestros ojos no pueden creer lo que ven.
- el CETI, donde encontramos una gran humanidad en todas las personas que allí trabajan. Nos han abierto las puertas para que podamos entrar y acompañar sobre todo a las mujeres que no salen de allí…
- Marruecos, que divisamos a lo lejos y donde podemos ir con facilidad. Con un pasaporte europeo, es fácil… pero aquí cerca hay centenares de jóvenes escondidos en el bosque esperando el día bendito de poder pasar donde nosotros. ¡Cuántos rostros encontrados que quedarán para siempre grabados en nuestro corazón! Rabat, Castillejos, y también Tánger, donde encontramos al obispo Santiago que es un hermano de verdad!
- Estar un rato en la playa para rezar, recoger el día y contemplar la belleza de esta naturaleza nos lleva también a ir al encuentro de la tragedia que se vive en el Mediterráneo donde continuamente mueren personas sin nombre, a quienes ahora podemos empezar a conocer… casi todos los que hemos encontrado vivieron a lo largo de su travesía la experiencia de la muerte de un amigo, de un miembro de su familia… ¡resulta demasiado difícil escribir lo que hemos escuchado!
Estos
días hemos experimentado que la muerte no es la última palabra, la
fuerza de su vida y de su fe son tan grandes que nuestra esperanza
crece, entramos en el Misterio Pascual con cada uno de ellos, ¡es
una gracia que nos cambia en lo más hondo!
Una
palabra, una mirada, un saludo al pasar, nos han permitido conocer a
alguien en la puerta de una tienda o por la calle, y poder escuchar
historias inimaginables de los caminos recorridos para llegar hasta
aquí. ¡Cuántos sufrimientos! Poco a poco hemos entrado en
relación, hemos hecho amigos. La fe que les sostiene nos da ánimo a
nosotras, ¡qué belleza! Nos han pedido que vayamos a rezar con
ellos. Nos dicen que tienen necesidad de poder hablar y entregar lo
que han vivido, lo que llevan en el corazón, porque “han visto y
vivido mucho”… Algunos nos han dicho que es la primera vez que
alguien les ha acogido, saludado, invitado a comer… y para
nosotras, verlos en nuestra casa y reconocerlos por su nombre es una
gran alegría.
Nuestra vida está coloreada por
pequeños gestos sencillos, muy concretos: acoger las lágrimas,
escuchar, decir una palabra que puede empezar una relación, una
palabra de afecto, miradas que se cruzan y hablan del sufrimiento que
llevan en el corazón… gestos que percibimos como gestos
evangélicos portadores de vida, de fuerza, de luz y de paz. Además,
¡vivir esto juntas, en comunidad, es fuente de mucha alegría!
Experimentamos
todos los días que estamos sostenidas por vuestra oración y vuestro
afecto. Vivimos un momento en que tenemos muy claro que necesitamos
de los demás. Un pequeño ejemplo: ¡una mujer nos acompaña
a pie los tres kilómetros de la frontera a Castillejos,
sencillamente para no dejarnos solas por el camino!
Un
regalo: un joven de Guinea Conakry, que conocimos en la calle,
ha tenido la posibilidad esta mañana con 31 compañeros de
embarcarse para la península. Ceuta no puede contener a todos los
que llegan, y unos después de otros son “expulsados”, pero
también queda abierta la posibilidad de pasar a Europa y abrirse
camino. ¡Es su sueño! Ser testigos de su alegría en el puerto y
estar en ese momento con ellos fue para nosotras una experiencia
fuerte y emocionante. Su travesía no ha terminado y las dificultades
tampoco, porque la vida en Europa también es difícil.
Como
para Moisés, esta tierra que se vuelve “nuestra tierra” es un
lugar sagrado que no queremos solamente habitar sino amar quitándonos
las sandalias y rezando continuamente para que “Venga
el Reino de Dios, para que lleguemos a ser hermanos y hermanas sin
barreras, sin miedos, sin muros ni vallas”.
Estamos
empezando una fraternidad sin otra tarea que ir al encuentro,
buscando piso y trabajo para vivir, haciendo de lo cotidiano el
espacio donde nuestro corazón se unifica para vivir como hijas
amadas del Padre. Es una gracia que despierta en nosotras todos los
deseos de seguir a Jesús y de tener la mirada fija sólo en Él.
Podéis dar gracias con nosotras por poder saborear la belleza de un
tiempo como este que estamos viviendo.
“Desde
que estáis aquí, hay una especie de paz a nuestro alrededor”,
nos dice una vecina. Esto es una pequeña perla que nos ayudará
seguramente en momentos tal vez más difíciles, pero por ahora, con
esta Paz que Jesús nos ofrece, queremos deciros nuestra amistad y
gratitud por lo que nos dais desde la otra orilla.
Mª da Gloria,
Luigina María, Paloma y Rosaura
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