Hermanitas de Jesús: trabajos temporeros en Italia

Romagnano, 23 de octubre de 2014

Queridas hermanitas, queridos amigos y familias:

Os invitamos a cerrar los ojos… y ahora imaginad: el cielo otoñal tan límpido, el sol que calienta aun los días de fines de octubre; las montañas del Trentino constituyen espléndidos decorados, rocas blancas descienden por los bosques hasta las viñas vestidas ahora de amarillo. Mirad bien, allí, en el valle entre Romagnano y Ravina, en medio del campo: una extensión inmensa de manzanos. ¿Veis aquel grupo de personas? “¡Rápido, rápido!”, el acento rumano es la melodía del estribillo que nos ha acompañado durante los dos meses de cosecha, pero hoy lo repiten riéndose: es el final de la temporada, por esto agacharse una vez más todos juntos para recoger las últimas manzanas parece casi un juego. Pero hay muchos matices, si os paráis un poco para intercambiar dos palabras con unos u otros os daréis cuenta. “Después recorro las agencias de empleo, pero todos piden experiencia y yo no la tengo. Nadie me quiere.” Viene de Somalia y su orgullo es el trabajo: “Estoy contento cuando trabajo”. Y trabaja bien, aquí todos lo respetan. Amistosamente le llaman “Seban”, “viejo” o “jefe”. Son padres de familia, la cuestión del después es pesada para muchos. Pero también hay quien vuelve a su país para continuar su trabajo en una fábrica después de las “vacaciones-trabajo” en Italia. Daos cuenta que estamos en el momento de los adioses, sobrios y rápidos, cada uno continúa su camino. Cuando el responsable anuncia el fin de la cosecha nos mira: “Estáis contentas, ¿no?” Y Juana contesta: “No, yo lloro”. Después de un rato de trabajo en silencio, un compañero argelino continúa la conversación: “¿Juana llora porque se acaba el trabajo o porque se acaba la amistad?” Una mujer rumana cuando ya nos vamos nos dice: “Gracias por vuestra amistad”. Pocas palabras que si embargo nos dejan intuir abundancia de cosecha en los graneros de la fraternidad, abundancia que toda la naturaleza alrededor nuestro refleja: nunca habíamos visto ramas tan curvadas bajo el peso de tantas manzanas rojas.

Perdón, hemos empezado por el final de la historia. Hubiéramos podido empezar por el principio, por aquél día de agosto en que nosotras, tres hermanitas, nos encontramos en Romagnano, cada una proveniente de su país, cada una con su equipaje de humanidad amasada de don y de fragilidad, de belleza y de vulnerabilidad, y dispuesta a lanzarse a la aventura de una fraternidad italiano-española-polaca que había que inventar. ¿Con qué se parece lo que hemos vivido juntas, con qué se puede comparar? Es parecido a nuestra partida diaria al campo, por la mañana, en el tractor, en medio de todos aquellos hombres rumanos y moldavos, gente de la tierra. Podrían ser los pastores que se encaminan a Belén, y nosotras con ellos. Sí, nuestra andadura fraterna nos ha puesto en este camino de la pequeñez. El cansancio de nueve horas de trabajo se hace sentir: a veces la paciencia en la relación se agota. Pero hemos descubierto la buena noticia en el deseo de cada una de una fraternidad auténtica, deseo que se ha encarnado en el diálogo siempre reiniciado, en la tentativa de explicarnos, de entendernos. Incluso hemos podido gozar con este espacio de vida y de fraternidad que estaba por crear, por descubrir juntas… ¡ha sido verdaderamente una obra fraterna!

Pero, ¿qué sería Belén si no estuvieran también los ángeles? Nosotras hemos encontrado muchos, en todos los que nos han acogido como hermanas pequeñas: por la generosidad de María no hemos tenido necesidad de buscar un establo vacío, ella puso a nuestra disposición su apartamento, lugar precioso no sólo para vivir, sino para encontrar un espacio entre nosotras y con el Señor. Fue una alegría y un privilegio tener un rincón de oración con la presencia eucarística. También las familias de las hermanitas Annarita y Fiorella fueron ángeles que nos acogieron con mucha bondad y disponibilidad, siempre dispuestas a ayudarnos en todas nuestras necesidades, desde ropa y botas de goma al uso de internet y teléfono, de las verduras de su huerta a las invitaciones a comidas y cenas de fiesta, nos hemos sentidas ayudadas e incluso mimadas. María Teresa, la hermana de Annarita, se hizo cargo incluso de nuestras necesidades espirituales y no dudó en acompañarnos a misa a las nueve de la noche, en Trento, un domingo “de labor”. Otros ángeles nos fueron enviados por la Providencia, como Franco, un señor encontrado en las calles de Trento un domingo por la tarde mientras buscábamos una misa: nos hizo subir a su coche y fue a la liturgia con nosotras porque “sinceramente, cuando no voy a misa el domingo lo echo de menos”. Ángeles también los amigos de nuestras hermanitas que nos demostraron su afecto. Y como olvidar el “arcángel Gabriel” que nos introdujo en los lugares de trabajo, nos sostuvo en los trámites burocráticos y que a menudo apareció cuando estábamos en el supermercado para llevarnos la compra a casa con su coche, añadiendo además los productos de su huerto. ¡Gracias a todos vosotros que velasteis por nosotras y nos acompañasteis con tanta bondad!

Y ahora, ¡venid con nosotras a visitar la viña del Señor! E$l día anterior al inicio del trabajo, el Evangelio nos invitaba a ir a su viña para tener el salario justo. Y nosotras fuimos, curiosas, con alegría y un poco de miedo. Descubrimos muchas cosas en este período de trabajo tan intenso, sobre nosotras y sobre el mundo que nos rodea. La carta a los Filipenses nos animó a abrazar el cansancio cotidiano con mansedumbre y en los momentos puntuales de tensión Pablo nos llamaba a la comunión. Para nosotras fue muy concreta la llamada a no seguir las invitaciones de la carne, sino a dejarnos guiar por el Espíritu para construir la relación.
Tampoco faltaron los momentos críticos en el trabajo: con más de 40 obreros, de 19 a 60 años y más, de Europa del Este y del Oeste, de África, de América Latina y del mundo magrebí, nos podíamos encontrar en un equipo de siete personas de siete países y de siete idiomas distintos: ¡qué reto, la comunicación! Y sin embargo, pudimos descubrir con alegría que ella es posible, a pesar de los diversos límites. La presencia de tres religiosas en este mundo rural de rostro multicultural no fue inmediatamente comprensible para todos nuestros compañeros. Pero la acogida de su parte fue espontánea, y no hubo necesidad de muchas palabras: la amistad y la fraternidad nacen en el silencio de una sonrisa o de un pequeño gesto, como el de alguien que vacía la caja de manzanas en nuestro lugar. La mesa del patio donde comemos con los otros es expresión de esto: lugar de encuentro y de compartir, poco a poco se instala el rito de llevar un dulce para repartir entre todos. Y así los Evangelios de los Domingos que se suceden nos hacen pasar de la invitación insistente a trabajar en la viña del Reino a la invitación a dejar de lado el trabajo en el campo para ir a la boda. Sí, el Señor nos ha querido hacer recorrer, en esta experiencia de trabajos temporeros, el camino de una percepción cada vez más afinada, capaz de intuir, más allá del cansancio físico y de los gestos manuales, más allá de nuestro “hacer”, la presencia de su Reino en medio de nosotros. Lo hemos visto en la bondad y la amistad de aquella pareja rumana que trae comida también para el “hermano” italiano y que saluda calurosamente al amigo somalí. Lo hemos visto en aquél hombre chileno, nuestro “primer hermano”. No creyente, nos llama “ovejas perdidas” porque la aparente falta de fecundidad de nuestra vida lo provoca. Pero nos quiere invitar a toda costa a comer a su casa, y nos acoge con mucha generosidad. Sus preguntas nos hacen volver al sentido profundo de nuestro don. Lo hemos visto en aquel hombre rumano que comparte la suerte de todos los que viven la separación de su familia para buscar trabajo lejos. “Nómada”, en Italia no tiene casa y al final de la temporada irá a otro país para continuar los trabajos en el campo. Estas condiciones de vida tan duras no han desmoronado su valor ni su puntualidad en el trabajo. Es uno de los más rápidos… ¡cuánta dignidad en este “ser obrero” verdaderamente entregado! Lo hemos visto en aquél chico de Mali que nos habla del día en que atravesó el mar. “La vida es siempre difícil”, dice. En su patera había una mujer que dio a luz en medio del mar. Nos enseña la foto de dos amigos muertos en el viaje, él continúa llamando a sus familias. “He conocido a tantas personas que han sido buenas, y yo quiero bien a tanta gente…” También él es bueno con nosotras: todo su ser expresa una acogida alegre. Lo hemos visto en aquél hombre argelino que nos regala un librito sobre la oración musulmana el día de la fiesta del sacrificio. Musulmán muy tradicional, nuestra vida y nuestra presencia como religiosas en Argelia lo provocan. La noticia del periodista que mataron en su país le hace daño: “Piensan que somos todos terroristas, pero el Islam no dice que matemos”. Está preocupado por nosotras, no quiere que vayamos a Argelia, pero en otro momento nos invita a su casa en Annaba a comer el cuscús. Hombre de oración, un día explica a los compañeros: “Yo me levanto por la mañana temprano para rezar… ellas también lo hacen.”

Al final de la temporada no nos queda más que dar gracias: Juana ha descubierto que a su edad (58 años) le es aún posible trabajar en el campo, con lo que este trabajo le gusta. Esto nos llena de gratitud. Damos gracias también porque hemos podido vivir este trabajo en comunidad, y en una fraternidad en la cual centro-este y norte-sur de Europa han podido caminar juntas, en un lugar donde todo estaba por construir. Y damos gracias por cada pequeño gesto que nos ha hecho más ligero el trabajoy que ha hecho nacer relaciones a pesar de los límites de idioma. Gracias también a Ania que ha podido crear lazos con su conocimiento del ruso.

Os aseguramos que de Romagnano y de Ravina nos llevamos tantos colores, algunos de ellos locales: las fiestas del patrono, la música de la poesía trentina y de las canciones de montaña, la abertura de aquellos jóvenes que contaron su experiencia misionera y los ritmos de las melodías del mundo, la realidad del grupo Samuele de San Zeno, grupo abierto a todos que persevera hace muchos años en la oración de Taizé, la comunidad de los Padres Venturini y su misión en la Iglesia, la visita sorpresa del Hno. Carlo, natural de Zambana, con su madre y una amiga, el encuentro con la Hta. Rosetta, su hermana y una amiga, antes de su regreso a Cuba, la visita de los padres de Katia, la comunión a través de Juana con las Hermanitas de España en el momento de la muerte de Hta. María Dolores: el día de su entierro Juana nos comparte cómo las montañas que nos rodean la hacen sentirse cercana a Fontilles, lugar de vida de María Dolores.

Todo esto hace que nos vayamos inmensamente ricas. Gracias a ti, tierra trentina, por lo que nos has dado. Nos vamos, pero continuaremos llevándote en el corazón.



Vuestras hermanitas Ania-Jana, Juana y Katia

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