Romagnano,
23 de octubre de 2014
Queridas
hermanitas, queridos amigos y familias:
Perdón,
hemos empezado por el final de la historia. Hubiéramos podido
empezar por el principio, por aquél día de agosto en que nosotras,
tres hermanitas, nos encontramos en Romagnano, cada una proveniente
de su país, cada una con su equipaje de humanidad amasada de don y
de fragilidad, de belleza y de vulnerabilidad, y dispuesta a lanzarse
a la aventura de una fraternidad italiano-española-polaca que había
que inventar. ¿Con qué se parece lo que hemos vivido juntas, con
qué se puede comparar? Es parecido a nuestra partida diaria al
campo, por la mañana, en el tractor, en medio de todos aquellos
hombres rumanos y moldavos, gente de la tierra. Podrían ser los
pastores que se encaminan a Belén, y nosotras con ellos. Sí,
nuestra andadura fraterna nos ha puesto en este camino de la
pequeñez. El cansancio de nueve horas de trabajo se hace sentir: a
veces la paciencia en la relación se agota. Pero hemos descubierto
la buena noticia en el deseo de cada una de una fraternidad
auténtica, deseo que se ha encarnado en el diálogo siempre
reiniciado, en la tentativa de explicarnos, de entendernos. Incluso
hemos podido gozar con este espacio de vida y de fraternidad que
estaba por crear, por descubrir juntas… ¡ha sido verdaderamente
una obra fraterna!
Pero,
¿qué sería Belén si no estuvieran también los ángeles? Nosotras
hemos encontrado muchos, en todos los que nos han acogido como
hermanas pequeñas: por la generosidad de María no hemos tenido
necesidad de buscar un establo vacío, ella puso a nuestra
disposición su apartamento, lugar precioso no sólo para vivir, sino
para encontrar un espacio entre nosotras y con el Señor. Fue una
alegría y un privilegio tener un rincón de oración con la
presencia eucarística. También las familias de las hermanitas
Annarita y Fiorella fueron ángeles que nos acogieron con mucha
bondad y disponibilidad, siempre dispuestas a ayudarnos en todas
nuestras necesidades, desde ropa y botas de goma al uso de internet y
teléfono, de las verduras de su huerta a las invitaciones a comidas
y cenas de fiesta, nos hemos sentidas ayudadas e incluso mimadas.
María Teresa, la hermana de Annarita, se hizo cargo incluso de
nuestras necesidades espirituales y no dudó en acompañarnos a misa
a las nueve de la noche, en Trento, un domingo “de labor”. Otros
ángeles nos fueron enviados por la Providencia, como Franco, un
señor encontrado en las calles de Trento un domingo por la tarde
mientras buscábamos una misa: nos hizo subir a su coche y fue a la
liturgia con nosotras porque “sinceramente, cuando no voy a misa el
domingo lo echo de menos”. Ángeles también los amigos de nuestras
hermanitas que nos demostraron su afecto. Y como olvidar el “arcángel
Gabriel” que nos introdujo en los lugares de trabajo, nos sostuvo
en los trámites burocráticos y que a menudo apareció cuando
estábamos en el supermercado para llevarnos la compra a casa con su
coche, añadiendo además los productos de su huerto. ¡Gracias a
todos vosotros que velasteis por nosotras y nos acompañasteis con
tanta bondad!
Y
ahora, ¡venid con nosotras a visitar la viña del Señor! E$l día
anterior al inicio del trabajo, el Evangelio nos invitaba a ir a su
viña para tener el salario justo. Y nosotras fuimos, curiosas, con
alegría y un poco de miedo. Descubrimos muchas cosas en este período
de trabajo tan intenso, sobre nosotras y sobre el mundo que nos
rodea. La carta a los Filipenses nos animó a abrazar el cansancio
cotidiano con mansedumbre y en los momentos puntuales de tensión
Pablo nos llamaba a la comunión. Para nosotras fue muy concreta la
llamada a no seguir las invitaciones de la carne, sino a dejarnos
guiar por el Espíritu para construir la relación.
Tampoco faltaron
los momentos críticos en el trabajo: con más de 40 obreros, de 19 a
60 años y más, de Europa del Este y del Oeste, de África, de
América Latina y del mundo magrebí, nos podíamos encontrar en un
equipo de siete personas de siete países y de siete idiomas
distintos: ¡qué reto, la comunicación! Y sin embargo, pudimos
descubrir con alegría que ella es posible, a pesar de los diversos
límites. La presencia de tres religiosas en este mundo rural de
rostro multicultural no fue inmediatamente comprensible para todos
nuestros compañeros. Pero la acogida de su parte fue espontánea, y
no hubo necesidad de muchas palabras: la amistad y la fraternidad
nacen en el silencio de una sonrisa o de un pequeño gesto, como el
de alguien que vacía la caja de manzanas en nuestro lugar. La mesa
del patio donde comemos con los otros es expresión de esto: lugar de
encuentro y de compartir, poco a poco se instala el rito de llevar un
dulce para repartir entre todos. Y así los Evangelios de los
Domingos que se suceden nos hacen pasar de la invitación insistente
a trabajar en la viña del Reino a la invitación a dejar de lado el
trabajo en el campo para ir a la boda. Sí, el Señor nos ha querido
hacer recorrer, en esta experiencia de trabajos temporeros, el camino
de una percepción cada vez más afinada, capaz de intuir, más allá
del cansancio físico y de los gestos manuales, más allá de nuestro
“hacer”, la presencia de su Reino en medio de nosotros. Lo hemos
visto en la bondad y la amistad de aquella pareja rumana que trae
comida también para el “hermano” italiano y que saluda
calurosamente al amigo somalí. Lo hemos visto en aquél hombre
chileno, nuestro “primer hermano”. No creyente, nos llama “ovejas
perdidas” porque la aparente falta de fecundidad de nuestra vida lo
provoca. Pero nos quiere invitar a toda costa a comer a su casa, y
nos acoge con mucha generosidad. Sus preguntas nos hacen volver al
sentido profundo de nuestro don. Lo hemos visto en aquel hombre
rumano que comparte la suerte de todos los que viven la separación
de su familia para buscar trabajo lejos. “Nómada”, en Italia no
tiene casa y al final de la temporada irá a otro país para
continuar los trabajos en el campo. Estas condiciones de vida tan
duras no han desmoronado su valor ni su puntualidad en el trabajo. Es
uno de los más rápidos… ¡cuánta dignidad en este “ser obrero”
verdaderamente entregado! Lo hemos visto en aquél chico de Mali que
nos habla del día en que atravesó el mar. “La vida es siempre
difícil”, dice. En su patera había una mujer que dio a luz en
medio del mar. Nos enseña la foto de dos amigos muertos en el viaje,
él continúa llamando a sus familias. “He conocido a tantas
personas que han sido buenas, y yo quiero bien a tanta gente…”
También él es bueno con nosotras: todo su ser expresa una acogida
alegre. Lo hemos visto en aquél hombre argelino que nos regala un
librito sobre la oración musulmana el día de la fiesta del
sacrificio. Musulmán muy tradicional, nuestra vida y nuestra
presencia como religiosas en Argelia lo provocan. La noticia del
periodista que mataron en su país le hace daño: “Piensan que
somos todos terroristas, pero el Islam no dice que matemos”. Está
preocupado por nosotras, no quiere que vayamos a Argelia, pero en
otro momento nos invita a su casa en Annaba a comer el cuscús.
Hombre de oración, un día explica a los compañeros: “Yo me
levanto por la mañana temprano para rezar… ellas también lo
hacen.”
Al
final de la temporada no nos queda más que dar gracias: Juana ha
descubierto que a su edad (58 años) le es aún posible trabajar en
el campo, con lo que este trabajo le gusta. Esto nos llena de
gratitud. Damos gracias también porque hemos podido vivir este
trabajo en comunidad, y en una fraternidad en la cual centro-este y
norte-sur de Europa han podido caminar juntas, en un lugar donde todo
estaba por construir. Y damos gracias por cada pequeño gesto que nos
ha hecho más ligero el trabajoy que ha hecho nacer relaciones a
pesar de los límites de idioma. Gracias también a Ania que ha
podido crear lazos con su conocimiento del ruso.
Os
aseguramos que de Romagnano y de Ravina nos llevamos tantos colores,
algunos de ellos locales: las fiestas del patrono, la música de la
poesía trentina y de las canciones de montaña, la abertura de
aquellos jóvenes que contaron su experiencia misionera y los ritmos
de las melodías del mundo, la realidad del grupo Samuele de San
Zeno, grupo abierto a todos que persevera hace muchos años en la
oración de Taizé, la comunidad de los Padres Venturini y su misión
en la Iglesia, la visita sorpresa del Hno. Carlo, natural de Zambana,
con su madre y una amiga, el encuentro con la Hta. Rosetta, su
hermana y una amiga, antes de su regreso a Cuba, la visita de los
padres de Katia, la comunión a través de Juana con las Hermanitas
de España en el momento de la muerte de Hta. María Dolores: el día
de su entierro Juana nos comparte cómo las montañas que nos rodean
la hacen sentirse cercana a Fontilles, lugar de vida de María
Dolores.
Todo
esto hace que nos vayamos inmensamente ricas. Gracias a ti, tierra
trentina, por lo que nos has dado. Nos vamos, pero continuaremos
llevándote en el corazón.
Vuestras
hermanitas Ania-Jana, Juana y Katia
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