En la
mañana del martes 24 de septiembre Genoveva estaba bien. Había amasado barro para el arreglo
de la casa. Almorzó
tranquilamente con la hermanita Odile. Estaban descansando cuando se
quejó de dolor en el pecho. Odile fue rápidamente a conseguir transporte para
llevarla al hospital de Confresa. En el camino la respiración se fue haciendo
más difícil. Murió antes de llegar al hospital.
De vuelta
a la aldea, consternación general. Genoveva había visto nacer casi al 100% de
los Apyãwa (así se llamaban a sí mismos los Tapirapé. Así vuelven a
autodenominarse hoy), en estos 61 años de vida compartida.
Los
Apyãwa quisieron sepultarla según sus costumbres, como si hubiese muerto otra
Apyãwa. Los cantos fúnebres, ritmados con los pasos, se prolongaron por mucho
tiempo, durante la noche y el día siguiente. Se oían muchos lloros y
lamentaciones.
Según el
ritual Apyãwa, Genoveva fue enterrada dentro de la casa donde vivía. La tumba
fue abierta con todo cuidado por los Apyãwa, acompañada de cánticos rituales. A
una altura de unos 40
centímetro del suelo fueron colocados dos travesaños,
uno en cada extremo. A estos travesaños fue amarrada la hamaca que quedó como
una hamaca tendida como quien está durmiendo. Por encima de los travesaños se
colocaron tablas y sobre las tablas se colocó la tierra. Toda la
tierra que pusieron encima fue peñerada por las mujeres, como es la tradición. Al día
siguiente esta tierra se mojó y se moldeó de forma que quedara firme y espesa
como la tierra batida. Todo acompañado de cánticos rituales.
En su
hamaca donde dormía todos los días, Genoveva duerme el sueño eterno entre
aquellos que escogió para que fueran su pueblo.
La
noticia de su muerte voló por la región, por Brasil y por el mundo. Vinieron
muchos Agentes de Pastoral. Los coordinadores del CIMI (Consejo Indígena
Misionero) de Cuiabá, llegaron después de un viaje de más de 1.100 kms cuando
el cuerpo estaba ya en la tumba, todavía cubierto sólo con las tablas. Los
Apyãwa las retiraron para que los que acababan de llegar la viesen por última
vez en su hamaca.
A los
cánticos rituales de los Tapirapé se fueron mezclando otros cánticos y
testimonios de la caminada cristiana de la hermanita Genoveva. Al
final, el cacique dijo que los Apyãwa estaban todos muy tristes con la muerte
de la hermanita.
Hablando en portugués y en tapirapé resaltó el respeto con el
que siempre fueron tratados por las hermanitas durante
estos sesenta años de convivencia. Recordó que los Apyãwa deben su
supervivencia a las hermanitas, pues cuando ellas llegaron, ellos eran muy
pocos y hoy llegan a casi mil personas.
Plantada
en territorio Tapirapé está Genoveva, un monumento de coherencia, silencio y
humildad, de respeto y reconocimiento de lo diferente, probando cómo es
posible, con acciones simples y pequeñas, salvar la vida de todo un pueblo."
Antonio Canuto
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